Una habitación propia en disputa

O cómo las dinámicas productivas nos están dejando sin espacios de creatividad y descanso.

Noelia Vargas
Escrito por
8 minutos de lectura.
Libros En Estante De Madera MarrónJonathan Borda en Pexels

No tengo tiempo. Repetimos. No tengo tiempo. Vivimos para trabajar y producir. Estamos en plena inmersión de una espiral que nos devora continuamente. Somos pequeños Prometeos en nuestros recónditos Cáucasos particulares.

Y en esa voracidad, perdemos la vida. La vida que intentamos establecer a través del trabajo. Nuestro espacio. Nuestra habitación propia.

Es tan voraz la exigencia de producir o de ser producto, que acabamos convirtiendo nuestro propio ocio en una obligación. La última película, el último libro de editorial, la última serie, el último destino de vacaciones, la última foto con las tortugas. La experiencia «a la última». Algo para poder hablar con otras personas. Algo que publicar en instagram. Algún contenido que poder (de la manera que sea) monetizar. Un acumulativo de estímulos vacuos con los que identificarse y ser alguien

Y se nos va de las manos el aburrimiento, la baja estimulación y la pereza. Pero anhelamos el descanso hasta que nos sentimos culpables por ejercerlo.

Una culpa que nos devora con los dientes del «tendría que estar haciendo algo». Porque nos repitieron hasta la saciedad que el descanso y el ocio se tiene que ganar. La ociosidad es un privilegio del que sólo puedes disponer si has rendido lo suficiente. La libertad para disponer de tiempo y disfrutar de una habitación propia, sólo es merecedora al final para aquellos que pueden permitírsela.

Y el tiempo al final, es dinero.

Videoclip del tema «El derecho a la pereza» de Los Chikos del Maíz

Pero resulta que disponer de un tiempo de descanso debe ser un derecho que no dependa de cuánto dinero tengas en el banco.

¡El derecho a la pereza!

Al final del túnel encontramos como consecuencia que hablamos de lo mismo en bucle. Estamos dentro de un día de la marmota infinito, al menos unos instantes mientras que dure el trending topic. Y, aunque la finitud del trending topic sea absolutamente líquida, las dinámicas no lo son tanto. Estamos desarrollando unas dinámicas nuevas, premiadas por la estimulación constante que nos marcan las redes sociales, la industria del entretenimiento o los medios de comunicación. Unas dinámicas que, por otro lado, están empolvadas de valores tradicionales que se mantienen vigentes hoy en día, como son los valores de la cultura del esfuerzo y la meritocracia. La obligación y la exigencia en alcanzar la excelencia y la perfección en lo que hacemos para que sea digno de considerarlo valioso.

Sólo es valioso si sirve.

Esto, en los casos «más sencillos» nos lleva a pensar y a exigirnos que aprender a tocar la guitarra supone un fracaso porque no hemos alcanzado el nivel de Paco de Lucía. Que hace que pintar o dibujar acabe siendo un agujero de frustraciones por no llegar a la expectativa final del gran (o la gran) artista. Que no se hable y no se ocupen espacios porque no hay nada interesante que decir, porque ya está todo dicho. Ya está todo pintado. Ya está todo fotografiado. Todas las medallas están repartidas.

Alcanzar «la grande bellezza» va a ser imposible si te paraliza pensar que no vas a llegar nunca a ella. Hemos absorbido tanto la exigencia para la excelencia, que hemos dejado de jugar, explorar y aprender. Aprender por el simple placer de hacerlo.

Nuestra habitación propia que se conformaba segura y confortable, ahora es un lugar hostil donde performamos el rol de ser nuestro propio tirano. Un tirano que repite una y otra vez las consignas de los gurús de la autoayuda y el crecimiento personal, aunque los reconozca como unos farsantes.

En los casos más complejos y sangrantes, encontramos la legitimización de la explotación y la normalización de la autoexplotación. El ritmo abusivo en muchos puestos de trabajo que incluso son dinámicas comunes en ciertos sectores, lleva a conductas como la compensación con horas (sobrepasando el horario laboral), la comprobación constante de la tarea o la asunción de una comunicación absolutamente pasiva e invisible para no despertar la furia de los superiores mientras se acepta sobrepasar límites físicos y temporales imposibles.

¿Las consecuencias? En lo que respecta al grupo, su total desorganización. En lo que refiere al individuo, el aislamiento de su entorno y pérdida de acceso a sus áreas de vida como el ocio, además de autopercibirse incapaz de desempeñar puestos de trabajo en los que una persona hace el trabajo de cuatro o cinco.

Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa. Por mi gran culpa, la familia que es mi empresa, no va a tener las ganancias que le corresponde.

Por supuesto. Por tu culpa, por tu culpa, por tu gran culpa.

Por tu gran culpa no hay camareros en la Costa Brava porque no quieres trabajar doce horas diarias con un salario de 900 euros y un día de libranza. Por tu gran culpa, que no quieres seguir siendo becario con treinta años. Por tu gran culpa, que no quieres varear olivos a seis euros la hora. Por tu gran culpa, que se supone que esto era vocacional.

Por tu gran culpa, que decides que tu trabajo no eres tú.

Que dictaminas que tu vida es algo más que las horas que sobrevives bajo la luz de los halógenos o de las gotas de sudor amargas que te rascan las mejillas. Que eliges, a pesar del cansancio, el disfrutar de una caña con tus amigas o de las primeras pisadas de tu hijo.

Que te culpabilizas por hacer ese puzle, esa ruta o bailar esa canción pero lo haces a pesar de ello. Que le dedicas tiempo a ese huerto chiquitito que tienes en el balcón y que a duras penas te da unas hojas de albahaca y perejil. Que decides pasar un tiempo sosegado con tus gatos. Que echas de menos y escribes y llamas por teléfono. Que cuidas. Que te cuidas.

Que plantas y riegas tu espacio de forma escrupulosa, a pesar del tiempo, de la culpa y de la criminalización de dicho acto.

Porque al final, de lo que se trata es de entender que el ocio no debe ser un privilegio sino un derecho. El derecho de disfrutar descansando de una habitación propia.

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