Su historia no les pertenece: mujeres con nombre y apellidos.

Sea cual sea su historia, el borrado histórico femenino las convierte en ese posesivo que las borra como mujeres con nombre y apellidos.

Paula Iglesias Bueno
8 minutos de lectura.
Tertulia, Ángeles Santos, 1929. Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía.

El borrado histórico de las mujeres está compuesto por un conjunto de prácticas. Un conjunto muy amplio. Algunas son más evidentes, otras más sutiles. Todas ellas, aunque nos parezcan aisladas, casuales o puras coincidencias, en el fondo siempre se complementan, siempre funcionan con un objetivo común.

De entre estos mecanismos, desde mi punto de vista, hay uno que destaca por su especial crueldad: reducir a las figuras femeninas al ya característico «mujer de» —o hermana, madre, hija…—. Es decir, arrebatar el nombre propio para sustituirlo por un posesivo. Es como si toda la vida de esas mujeres pudiera reducirse a orbitar en torno a ellos. Como si sus historias no fueran suyas, como si solo existieran en función de los hombres que conocieron. Como si no hubieran podido ser más allá de eso, ni siquiera sus propios nombres.

Y esta dinámica toma dos vertientes, ambas igual de perversas en lo que se refiere a silenciar la presencia femenina en la Historia. Ambas, como decía, relacionadas, con una meta clara.

El mérito en las sombras

La primera de las consecuencias es, seguramente, la más obvia. Si se reduce a estas mujeres a sus vínculos con hombres, todas sus aportaciones se ven supeditadas a las de ellos. O existieron por esas relaciones, o tienen menos valor, o ambas a la vez. 

Así, escritoras, pintoras, científicas o políticas, cuyos éxitos valdrían todos los reconocimientos posibles, ven como esa historia androcéntrica las sitúa en los márgenes de las biografías de sus maridos. Un relato que las coloca como apéndices. Que las quita no solo la agencia y el mérito sobre sus propias obras, sino también el derecho de contarlas como suyas.

Y los ejemplos se cuentan por cientos, desde los más remotos hasta los que, como quien dice, serían de antes de ayer —incluso de hoy mismo, si leemos algunos titulares—. E incluso, algunas vieron esta crueldad en vida. Mientras en el punto álgido de su carrera el reconocimiento estaba presente, la sociedad y la construcción de la Historia en la que se veían inmersas las iba relegando a esos espacios secundarios, sombríos, cargados de posesivos.

Por no hablar de aquellos casos en los que el robo no se detuvo en el nombre, sino que fue más allá: sus obras se convirtieron en las de ellos. Desde Luisa Roldán (Sevilla, 1652 – Madrid, 1706), La Roldana, escultora del Barroco cuyas imágenes religiosas fueron atribuidas a su padre, a su marido e incluso a Alonso Cano. Hasta María de la O Lejárraga (San Millán de la Cogolla, 1874 – Buenos Aires, 1974), quién firmó la mayor parte de sus textos con el nombre de su marido, Gregorio Martínez Sierra, en un proyecto de colaboración que acabó convirtiéndose en la razón por la cuál ella nunca tuvo derechos sobre su obra.

El Arcángel San Miguel venciendo al demonio, Luisa Roldán.Galería de las Colecciones Reales, 10034690
María de la O Lejárraga Red de Bibliotecas de Archivos Estatales

De ahí que se haya convertido en una tarea prioritaria para las historiadoras feministas el reivindicar las trayectorias individuales de estas mujeres. Conocer su producción artística, política o literaria en tanto que suya. Y con suficiente mérito por sí mismas como autoras: mujeres con (sus) nombres y apellidos.

«¿Quién le hacía la cena a…?»: el éxito que no existiría sin ellas.

Sin embargo, esta no es la única consecuencia del apelativo «mujer de». Hay otra, puede que más sibilina, menos directa, pero que oculta, silencia y menosprecia con la misma dureza.

Como ya explicaran la propia María Lejárraga o la más que conocida Virginia Woolf, así como los análisis que existen de sus obras, una de las razones por las que no existen tantas genias como el equivalente masculino es por la falta de un espacio privado. Y, además de esa habitación propia, la ausencia de tiempo de calidad y energía que dedicar a sus disciplinas.

Tiempo y energía que no podían dedicar exclusivamente a escribir, pintar o tan solo pensar porque se volcaba en las tareas de cuidados, de la casa, de sus labores. Trabajos que no por menospreciados eran menos duros ni menos necesarios. Trabajos que los hombres ilustres, los merecedores de esa etiqueta de genios, de quienes ellas fueron eterno apéndice, nunca tuvieron que realizar. Ni siquiera preocuparse por ellos. A pesar de ser cuestiones básicas que tenían que hacerse para que ellos pudieran seguir dedicando cuerpo y alma a sus obras.

Mi pobre y querida Clotilde. Ha tenido que soportar todo el peso de la familia y de convivir con un genio, y su menudo cuerpecillo ha librado casi tantas batallas como el de su eminente marido. Sin ella Sorolla seguramente no habría llegado a donde ha llegado.

— Archer Milton Huntington, carta de enero de 1918.

Nos hemos acostumbrado a vincular indiscriminadamente las producciones de las mujeres a los hombres de sus vidas, aunque estos no tuvieran ningún interés en ellas —algunos, incluso, estando completamente en contra o intentando impedirlas—. Y, al mismo tiempo, eliminamos la presencia de las mujeres que se dedicaron de forma exclusiva a favorecer que sus maridos triunfaran. A trabajar desde las sombras en todo aquello que podía ayudar, impulsar ese triunfo. A satisfacer todas las necesidades, a eliminar preocupaciones, a encargarse de los pormenores técnicos y un largo etcétera. Desde «nimiedades» del día a día tales como tener la casa limpia y la compra o la comida preparada, hasta estudiar los mercados y las modas —como hacía Clotilde para Sorolla—, posar, pasar a limpio los textos y corregirlos, comprar los materiales, hablar con proveedores…

Zenobia Camprubí acaba de recibir el premio Nobel. Me diréis: No, estás confundida, el premio Nobel fue para Juan Ramón. Pero yo contestaré: ¿Y sin Zenobia, hubiera habido premio?

Memoria de la Melancolía, María Teresa León, 1970. 

Por tanto, ser «mujer de» significa en el relato histórico patriarcal, de manera simultánea, que tu vida y tu obra no merecen ser contadas si no hay un hombre al que atribuirle cierta parte o el mérito completo de las mismas; y que tu posible aportación al trabajo masculino, por imprescindible que fuera, sea completamente invisible. En definitiva, sea cual sea su historia, a convertirlas en ese posesivo que las borra como mujeres con nombre y apellidos.

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