Los desastres de origen natural, como puede ser un terremoto o la reciente erupción del volcán Tajogaite en La Palma (España, 2021), conllevan grandes pérdidas humanas y materiales. Dichos eventos trastocan de forma inmediata la vida de las poblaciones sobre las que impactan, pues pueden llegar a afectar a cuestiones tan diversas como las viviendas e infraestructuras, el ámbito laboral o, incluso, la salud, entre otras.
Sin bien, debemos tener en cuenta que los desastres de origen natural no son eventos de índole únicamente natural, sino que su impacto depende del orden social y político y de la composición social de la población (Martinez-Corona, 2012). En ese sentido, numerosas investigaciones han puesto en evidencia que dichos fenómenos no impactan por igual sobre todas las personas. Factores como el género, el estatus socioeconómico, la edad, la raza y/o etnia y la pertenencia al colectivo LGTBI+, entre otros, inciden sobre la vulnerabilidad de las personas ante este tipo de fenómenos (Ha et al., 2023; Ngu et al., 2023; Prohaska, 2020; Rushton et al., 2019; Pongponrat y Ishii, 2018; Weber y Hilfinger Messias, 2012; Chia-Chen Chen et al., 2007; Gray, 1993).
Género y desastres de origen natural
Desde la década de los 90 del siglo pasado hasta la actualidad, numerosos/as autores/as han mostrado que tanto las desigualdades preexistentes como los roles de género condicionan la forma en la que las mujeres y los hombres se ven afectadas/os y responden ante un desastre de origen natural (Anderson, 1994; Enarson y Scanlon, 1999). Desde sus inicios, las investigaciones sobre género y desastres han abordado el análisis de distintas temáticas con el objetivo de observar si existen o no desigualdades de género en cada una de ellas. Algunos de dichos ámbitos son el impacto sobre la salud y la mortalidad, así como sobre el el nivel socioecononómico, y la violencia sobre las mujeres.
Salud y mortalidad
Varias investigaciones han observado que los desastres de origen natural afectan en mayor medida a la salud, tanto física como mental, y a la mortalidad de las mujeres (Austin et al., 2021; Neumayer & Plümper, 2007; Newnham et al., 2022). Además, las mujeres también deben enfrentarse a problemas relacionados con su salud sexual y reproductiva (Maheen y Hoban, 2017; Hirani et al., 2021; Lin et al., 2021). Un ejemplo de ello es que, tras el tsunami del año 2004, en Sri Lanka se registró un incremento en problemas sobre salud reproductiva, entre ellos los abortos naturales y espontáneos (Akerkar, 2007).
En cuanto a mortalidad, uno de los ejemplos de impacto diferenciado lo encontramos en el informe elaborado por Oxfam Internacional acerca de la repercusión que había tenido sobre las mujeres el tsunami que asoló las costas de varios países asiáticos en 2004. En este informe, centrado en Indonesia, India y Sri Lanka, se trata de explicar por qué el número de mujeres fallecidas fue superior al de hombres. Dicho documento señala que muchas mujeres fallecieron debido a que trataban de rescatar a criaturas o personas mayores a su cargo, mientras que otras muchas murieron porque, a diferencia de los hombres, no sabían nadar ni trepar un árbol.
De forma similar, investigaciones como la llevada a cabo por Neumayer y Plümper (2007) han aputado a una brecha de género en el impacto de los desastres en la esperanza de vida de hombres y mujeres. Es decir, los desastres reducen la esperanza de vida de las mujeres, falleciendo estas mucho más jóvenes de lo que lo hacían antes del desastre (Neumayer y Plümper, 2007).
Si bien, cabe señalar que aunque las mujeres son más propensas que los hombres a morir en catástrofes de este tipo debido a las desigualdades cotidianas, no puede resumirse todo en una única variable ya que nos encontramos ante fenómenos complejos. En este sentido, investigadoras como Bradshaw y Fordham (2013) advierten que debe de tenerse presente que en algunas culturas los hombres tienen mayores probabilidades de morir debido a que los roles de género los llevan a asumir conductas de mayor riesgo.
Violencia sobre las mujeres
Por su parte, numerosas investigaciones han abordado el estudio de la violencia sobre las mujeres en situaciones de desastre, apuntando a que dicho tipo de contextos se produce un incremento de la misma (Fisher, 2010; Leyser-Whalen et al., 2020; Nguyen, 2019; Rao, 2020; Sohrabizadeh y Parkinson, 2022; Weitzman y Behrman, 2016). No obstante, hay quienes apuntan a que este aumento no es más que un reflejo de los niveles reales de violencia existentes con anterioridad a la catástrofe que han pasado a hacerse visibles tras ella debido a que las personas se ven obligadas a vivir en espacios comunes en los cuales las esferas de lo privado y lo público se diluyen –es decir, antes del desastre la violencia formaba parte de la esfera privada de las personas, por lo que era invisible, pero con el desastre esa privacidad desaparece y, por lo tanto, también esa invisibilidad– (Bradshaw y Fordham, 2013).
Fisher (2010) llevó a cabo un estudio centrado en la violencia sobre las mujeres después del tsunami que impactó en Sri Lanka en 2004. Tras entrevistar a un total de 60 personas concluyó que cuatro de cada cinco señalaban a la violencia sobre las mujeres como la forma más frecuente y sostenida de violencia en la situación posdesastre (Fisher, 2010). Dicha violencia, convirtió a muchas niñas y mujeres de la zona en víctimas de violaciones y otras formas de violencia física y sexual no solo por parte de miembros de la comunidad, sino también por la policía y por miembros de cuerpos paramilitares (Fisher, 2010). Además, también registró un incremento en los matrimonios de jóvenes y niñas debido a que muchos hombres trataban de reemplazar a sus esposas fallecidas en la catástrofe casándose, en ocasiones, incluso con niñas de edades tan tempranas como los 13 años (Fisher, 2010).
Un ejemplo más cercano territorial y temporalmente lo encontramos en el contexto de la erupción del volcán de Tajogaite en La Palma (España) que comenzó en septiembre de 2021. A penas un mes después de comenzar dicha erupción, varios medios de comunicación se hicieron eco de que ese mes de septiembre las llamadas al 112 por violencia machista habían aumentado un 84% con respecto al mes de septiembre del año anterior.
Impacto socioeconómico
Los desastres de origen natural también impactan en mayor medida sobre las condiciones socioeconómicas y la vulnerabilidad social de las mujeres (Afriyie et al., 2018; Kantamaneni et al., 2022; Llorente-Marrón et al., 2020a; Llorente-Marrón et al., 2020b) En este sentido, algunas investigaciones apuntan a que dicha diferencia se debe a que los roles reproductivos que suelen desempeñar las mujeres no reportan ingresos y a que, en el ámbito productivo, sus retribuciones son inferiores a los de los hombres (Enarson et al., 2006; Bradshaw y Fordham, 2013). Asimismo, también se apunta a que el acceso limitado a recursos económicos con el que cuentan las mujeres antes del desastre dificultad su recuperación tras el mismo (Fothergill et al., 1999; Austen y McKinney, 2016).
Un ejemplo de esta cuestión lo constituye el trabajo llevado a cabo por Llorente-Marrón et al. (2020b) sobre el estudio de la vulnerabilidad social tras el terremoto que tuvo lugar en Haití en 2010. En esta investigación las autoras observaron un un aumento en la brecha de vulnerabilidad social entre los hogares encabezados por mujeres y el resto de los hogares (Llorente-Marrón et al., 2020b).
Para concluir
En definitiva, las investigaciones sobre género y desastres han puesto de relieve cómo el impacto de los fenómenos catastróficos afecta a de forma diferenciada a distintos ámbitos de la vida de mujeres y hombres. Se trata, por lo tanto, de un impacto de carácter multifacético, pues concierne tanto a las probabilidades de vida y muerte que tienen hombres y mujeres ante un evento destructivo, como a la violencia que pueden llegar a sufrir las mujeres en dicho contexto, o a su situación socioeconómica. Por ello, incluir la perspectiva de género en el análisis del impacto de los desastres naturales constituye una herramienta efectiva no solo para conocer con mayor detalle la realidad social en la que vivimos, sino también para llevar a cabo acciones coherentes con ella.
Nota: Me gustaría señalar que a lo largo del trabajo se lleva a cabo una visión del género de manera binaria, femenino y masculino. Con esto no pretendo invisibilizar la existencia de personas que no se circunscriben a ninguno de ambos, ni posicionarme en favor de aquellas opiniones que señalan la existencia de dos únicos géneros, sino que el uso de esta binariedad se debe principalmente a que los artículos que he mencionado uso de ella. Si bien, investigaciones como las llevadas a cabo por Wisner et al. (2016), Dominey-Howes et al. (2018) y Rushton et al. (2019) propugnan por dejar atrás este binarismo y redefinir el “género” para ver cómo estos desastres afectan a personas que no encajan en lo que tradicionalmente se conoce como femenino o masculino.
