Por qué nos abrazamos al folklore

¿La vuelta a nuestras raíces nos ayuda a tejer redes y a construir una identidad?

Noelia Vargas
Escrito por
7 minutos de lectura.
Fotografía de dos girasoles y una calabaza alrededor de un libro.Ylanite Koppens (pexels.com)

Las raíces de nuestros árboles han salido de la tierra. Las vemos, las reconocemos, las tocamos y las celebramos. Durante mucho tiempo han tenido rocas encima. A veces en forma del clasismo más aplastante y otras desde la más dura represión. Pero esas raíces siempre han existido en los márgenes. Las veíamos, las reconocíamos, las tocábamos y las celebrábamos.

Y desde arriba del árbol, nos miraron mal.

Parece que el folklore sólo pertenecía a unos pocos, casi como una suerte de iconografía que servía como brecha entre los que lo robaron y los que fueron castigados tras ser robados. Y es que, de alguna manera, el folklore es ese arma de doble filo donde encontramos la resistencia popular por un lado y la reapropiación y robo de identidad por el otro.

Miles de ojos estaban puestos en estos días en las redes sociales, observando a veces con respeto y a veces desde la impostura, unas fiestas que cada vez pertenecen menos a los lugareños.
Así nos encontramos como la Feria de Abril, las Fallas de Valencia o los Carnavales de Cádiz, Tenerife o Badajoz han sido masificados, a veces desde ese punto impostado de identidad. No hay que olvidar que en muchos de estos lugares encontramos un grave problema de turistificación y gentrificación, donde la ciudad es una suerte de sitio de recreo que acaba enriqueciendo a los de siempre y empobreciendo a la ciudadanía local.
Al final, si las ciudades no son para las personas que viven allí, la cultura también acaba siendo robada.

Quizás sea ésta una de las razones por las que hay que poner en valor el otro filo del folklore: la resistencia popular. Quizás sea ésta una de las razones por las que las generaciones más jóvenes están destapando estas raíces.

Podemos señalar el folklore en la costura, como manera de ocupar el espacio. Hablemos de vestidos y trajes regionales sin dejar de hablar del cuidado y de la soberanía popular. Del tiempo dedicado en los detalles. De la importancia de las materias primas locales. De sabernos con los patrones en nuestras manos sin pasar por industrias textiles que le arrancan todo significado. De reencontrarnos con nuestras abuelas y madres en los pendientes, collares y claveles en el pelo.

Mantoncillo bordado de forma tradicional en Cantillana, enrejado a mano. Artesano: @jlr_clavelesytribales. Fotografía de @offdelcampo, modelo @calle_del_infierno

También celebramos las romerías de Rodrigo Cuevas, el canto a la herencia y a la tierra de María José Llergo, las panderetas de las Tanxugueiras, los ritmos de Baiuca, las rumbas de Las Migas, las verbenas extremeñas de El Gato con Jotas o los azahares con Califato 3/4.

Y hay algo en común en esto más allá de la identidad folklórica: la defensa de la comunidad. Porque no hay folklore sin un pueblo detrás que lo construya. Y todo ese arte tiene esta gran base bajo sus pies.

Videoclip del tema «Casares» de Rodrigo Cuevas. Dirigido por Jorge Rojas y Magdalena Orellana.


¿Es ésta la clave que buscamos? ¿Es la defensa comunitaria la respuesta ante la incertidumbre y la sensación de desarraigo?
Quizás sea precisamente la toma de tierra que necesitemos ante la orfandad de puntos en común. Porque, al fin y al cabo, poco a poco nos han robado algo tan básico como eso y sólo nos queda la desazón, la incertidumbre y el desarraigo.

Es a lo largo de los siglos y, a través de coplillas, costuras, recetas y lecciones en el campo donde también se ha hecho la resistencia. Hay cantos de amor a la tierra y a las montañas. Hay coplillas que hablan sobre lazos de mujeres, amores imposibles y explotaciones del patrón.
Cantos migrantes, cantos contra la guardia o el alcalde fascista. Cantos sobre hazañas heroicas donde se narra que sólo el pueblo salva al pueblo.

Porque el folklore ibérico a lo largo y ancho de la península también forma parte de nuestra memoria histórica. Era donde nuestras abuelas y abuelos resistían.
A veces en las eras de los campos, lavando la ropa en las fuentes, cuidando ovejas, durmiendo con nanas a la niña de la vecina o un paso a paso por las puertas en las procesiones de Carnaval.

El folklore ha besado la mano de cantautores y poetas, que cantaron para paliar la desidia y defender la alegría a toda costa. El folklore es memoria y, por tanto, identidad. Una identidad que es común, lejos de ser individualista. Una identidad que se forma por y para la comunidad.

Una identidad que nos invita a ocupar de nuevo los espacios públicos, a reinventar los pipazos en el parque, las romerías y las verbenas. Nos invita a resistir, a alzar la voz y a seguir celebrando la vida.

Como diría Mario Benedetti:


«Cantamos porque el grito no es bastante,
y no es bastante el llanto ni la bronca.
Cantamos porque creemos en la gente
y porque venceremos la derrota»

Por qué cantamos, Mario Benedetti.

Quizás cantemos y abracemos el folklore reconociendo lo que somos y lo que fuimos para saber cómo y hacia dónde queremos ir.

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