No somos el extra de la Historia

La trampa del capítulo de mujeres, ¿qué esconde?

Paula Iglesias Bueno
11 minutos de lectura.
Aula de la Residencia de Señoritas.Exposición de la Fundación Ortega - Marañon (https://ortegaygasset.edu/exposicion-residencia-senoritas/)

Es cierto que, poco a poco, las puertas de la investigación en Historia se van abriendo a los avances y novedades que aporta la perspectiva de género. Del mismo modo, empieza a ser habitual que los nombres de las mujeres protagonistas de los hechos históricos se extiendan en la cultura popular. Avances progresivos, lentos, que anuncian cambios más grandes en la estructura académica.

Tan real es esto, como que sigue siendo necesaria una crítica y una revisión en profundidad al conocimiento de nuestro pasado y a los sesgos que permanecen en la investigación y la divulgación, así como a las fuertes resistencias que enfrenta la entrada de estas nuevas perspectivas. Además, «hecha la ley, hecha la trampa». Porque sí, también en la aplicación de las nuevas herramientas para la investigación histórica hay quien prefiere hacer «trampas», antes que salir de la comodidad de la mirada hegemónica y privilegiada.

En los últimos años, comenzamos a ver cómo, en las novedades editoriales de Historia, aparecen capítulos con títulos del estilo: «Ser mujer…», «La mujer en…», «La experiencia femenina» … o, directamente, «Mujeres». Un apartado común en ensayos especializados, libros divulgativos, manuales e incluso libros de texto que pretende resumir, normalmente en no más de unas diez o veinte páginas, toda la existencia, presencia y experiencias de las mujeres para un periodo concreto. Y, viniendo de dónde veníamos —el absoluto silencio—, esto puede parecernos el avance del siglo.

Pero ¿qué hay detrás de ese capítulo de mujeres?

En primer lugar, la misoginia de base: el hombre como la medida de todas las cosas, frente a la mujer como la excepción. O lo que es lo mismo, el hecho se narra, por defecto, desde la experiencia masculina como universal, y solo se destaca la presencia de mujeres para aquello que rompe, que es distinto, que constituye «lo otro».

Si de una obra de 500 páginas, haces un apartado específico para la presencia de las mujeres de unas 15 páginas, está implícito que, lo que cuentas en las otras 485, solo tiene que ver con hombres. Es decir, estás sacando a la mitad de la población del desarrollo histórico general, para concentrarla, homogeneizarla y restringirla a ese tres por ciento de la investigación. Un tres por ciento que, además, queda completamente fuera del resto del relato, que no tiene conexión con lo «general». Un tres por ciento que aparece más en forma de detalle, de anécdota, de curiosidad que «agregar» a lo importante.

A ello, hay que añadirle un alarde, incluso un orgullo, de la ignorancia más absoluta sobre todos los avances relativos a los estudios de género. Quien escribe estas obras, quien reduce a las mujeres a unas breves líneas en los márgenes de sus investigaciones, al mismo tiempo las promociona arropándose de palabras, movimientos e innovaciones que ni conoce ni tiene ningún interés en conocer.

Hablan de lo avanzado de sus trabajos y de las herramientas utilizadas, de la inclusión de aspectos, personas y espacios «que normalmente no se tienen en cuenta», de lo novedoso y sustancial que aportan «haciéndose eco de los avances historiográficos» y, además, con mucho hincapié en el espacio importante que dedican a las mujeres.

Cuando, en realidad, detrás de estos eslóganes con los que se engalanan los mismos señores que llevan copando las estanterías desde hace décadas, hay un desconocimiento absoluto de lo que significan —y en qué se diferencian— conceptos como historia de las mujeres, interseccionalidad, historia del feminismo, perspectiva de género, historia de la feminidad y la masculinidad, etc. Se trata de un totum revolutum que sobrevuela sus cabezas, que exige demasiado esfuerzo que no pretenden asumir, pero que saben que necesitan colocar estratégicamente para que parezca que hay cambios reales.

Porque no, queridos señores, editoriales y medios, ninguna de las novedades historiográficas y metodológicas relativas a cuestiones de género, así como ninguna investigadora especializada en ellas, ha escrito o defendido —ni lo hará jamás— que aplicar la perspectiva de género a la Historia o hacer Historia de las Mujeres consista en un escaso capítulo claramente separado y desvinculado del relato histórico en su conjunto.

Absolutamente nadie les va a comprar que un tres por ciento de su obra, en el que se aísla y se homogeiniza a las mujeres para comprimirlas al máximo en esa otredad, sea revolucionario, feminista ni innovador. Al contrario, sigue siendo igual de rancio, solo que con una preocupación de venderlo como lo contrario.

Alguno, si es que se ha preocupado en prestar tanta atención a una mujer joven investigadora como para llegar a esta altura del artículo, maldecirá en voz baja algo así como que «nunca estamos contentas con nada», «todo nos parece mal» y, con suerte, un «¿y entonces qué es lo queréis?». Y me encantaría satisfacer su deseo de una respuesta corta con una fórmula sencilla, pero es que acabar con los sesgos y las discriminaciones estructurales de todo un sistema, por desgracia, no se hace rápido

¿Y entonces qué es lo queréis?

Para empezar, no solo se trata de cómo se hace una investigación concreta y de cómo se muestran sus resultados, sino que hay que partir de la base de las prácticas académicas individuales y colectivas en su sentido más amplio.

O lo que es lo mismo, revisar los porcentajes de participación femenina en congresos, seminarios o libros colectivos, así como en las referencias bibliográficas de los mismos, en las recomendaciones docentes y en las listas de clásicos. Abrir las puertas a la crítica hasta de aquellos espacios, conocimientos y prácticas que se consideran incuestionables. Entender y escuchar las dificultades y limitaciones a las que se enfrentan las compañeras —empezando por considerarlas compañeras en igualdad de condiciones—. Replantearse las dinámicas de funcionamiento de proyectos y grupos de investigación… y un largo etcétera de cuestiones que tienen que ver con el día a día en la academia, que se asumen porque «siempre ha sido así», sin dar importancia a todas las connotaciones y significados que hay detrás de ese siempre.

Se sorprenderían de que, solo con el cambio que esto supone, ya las investigaciones y sus resultados no serían nada parecidos a lo que realizan en la actualidad.

Aun así, claramente también hay mucho que hacer en cómo y qué se investiga. No es mi labor aquí establecer un manual, ni un decálogo de buenas prácticas para no caer en la misoginia y los sesgos patriarcales a la hora de hacer historia, para ello ya existen espacios y asociaciones como la AEIHM, pero sí me gustaría sacar dos cosas claras.

Logo de la Asociación Española de Investigación en Historia de las Mujeres. Son seis rectángulos verticales de fondo rojo. El primero, un retrato de una mujer en blanco y negro. Los otros 5, fondo rojo con las iniciales (AEIHM) en mayúsculas.

La primera, que hay que empezar a desprenderse del aura mística que envuelve al investigador como un ente extraterrenal, superior, y, sobre todo, no humano. Quien investiga no pierde su condición, su identidad, ni sus circunstancias cuando se pone a trabajar. Y las preguntas que nos hacemos, cómo las formulamos y por qué, qué buscamos y cómo buscamos en las fuentes e incluso cómo interpretamos los resultados, en cualquier práctica y disciplina, está condicionado por quiénes somos. Nuestra mirada, nuestros intereses y nuestras inquietudes nacen de ello.

Como explica Donna Haraway, cualquier conocimiento es un conocimiento situado (Haraway, 1995: 313-346), del que no hay que olvidar que parte de un lugar, un contexto y unas subjetividades propias de la persona que investiga y el entorno y el momento en el que lo hace. Asumiendo esto, se pueden recorrer y analizar los caminos que llevan a las preguntas e hipótesis de las que parte una investigación para desentramar sus sesgos conscientes e inconscientes y ser capaz de revertirlos aplicando las herramientas correspondientes. En el caso que nos ocupa, fundamentalmente la perspectiva de género y la interseccionalidad.

Al hilo de esto, la segunda sería comprender que la revisión crítica que se plantea desde los estudios de género al conocimiento del pasado no consiste únicamente en ver los espacios donde no hay mujeres y «añadirlas». Sí, claro que hay que buscar los nombres femeninos y ponerlos sobre la mesa, pero quedarse ahí sería no haber superado los años setenta.

Analizar el pasado desde la perspectiva de género consiste, primero, en preguntarse qué papel juega el género, en tanto que constructo social determinado por sus coordenadas geográficas, culturales y cronológicas, en el desarrollo de cada hecho histórico. Para, después, comprender los sesgos de ese propio periodo y desde el cuál lo estamos mirando, siendo capaces de construir un relato histórico desde múltiples perspectivas, que comprenda los diversos espacios y protagonistas como parte de un todo que aspiramos a conocer.

De esta forma, es como se consigue que las mujeres, y todo aquello que tradicionalmente se ha entendido como «femenino», dejen de ser la excepción y la otredad para pasar a formar parte natural de la narrativa de la Historia.

La historia de la mujer tiene que ver más con lo que se calló que con lo que se dijo.

Irene Muñoz
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